domingo 4 de enero de 2009

Ya está

Y como vino se fue. De momento.

lunes 17 de noviembre de 2008

El porque por qué

El cine, una canción de Mecano, tiene un trozo maravilloso en música y melodía. Cuando dice "el cuerpo de esa chica que empezó a temblar..." Ese momento es grande. Me gusta. Pero si me preguntan si la canción es buena o mala tendría que decir que es un poco ful. Así, en global, no podría decir que el tema está bien sin dar explicaciones. Y mucha gente no quiere explicaciones.

En el trabajo pasa mucho: las noticias se venden con una frase y las dudas de tus jefes se tienen que solucionar con un sí/no. El por qué es importante, claro que lo es, pero no hay tiempo para él. Los matices son solo para las cosas de verdad. Para los amantes y eso. El trabajo no es importante; es la cosa más importante del grupo de las menos importantes. No es suficiente.
Asumo sus fallos, no obstante. Recuerdo incluso que contaba pormenores, largo y tendido, a alguna mujer, y aunque el trámite es necesario también lo reconocía horrible. Si explicas, parece que te justifiques; si argumentas, lías. Existe o no. Y ya está. Es triste, un poco. Pero supongo que también natural. El reloj sigue atado a las horas, vaya. Algo incompatible con una persona que se mece en cada segundo.

Pero si con Mecano no me importa argumentar (cosas del cariño, lo sé), y con las parejas hasta lo veo razonable, laboralmente me toca mucho las pelotas. Me las toca en este momento concreto. Hablamos demasiado del curro, compañeros. Algo estamos (están) haciendo mal.

domingo 2 de noviembre de 2008

Bien, de momento

Estar triste me va bien. Lo sé porque cuando lo fuerzo, funciona. Me vuelvo locuaz de repente, cojo valor para tomar decisiones estupendas y hasta me visto más bonito. Me sienta genial tanto suspirar.

Pero pasa que, como dicen los míos, yo he nacido para ser feliz: no me sofoco por casi nada. No me altero, me preocupan poco las cosas. O tal vez sí me preocupo pero menos de lo justo. Digamos que sólo lloro un minuto, que los problemas me pasan pero no me hunden.

Puede que por eso mi vida escrita sea un poco más drama de lo que toca, siempre lo he dicho. Creo que lo necesito y lo merezco. Más allá de esto no hay. Y me preocupa tomármelo todo como una broma, no crean.


Del juego, dicen, surgen a la larga las cosas más serias; y puede que tengan razón. De la casualidad creé un trabajo, de la desidia varios amores. Yo sonrio cuando no me importa si hacerlo o no. Es más sano.

Aunque suene raro, a veces molesta no poder recurrir al dolor como excusa para acabar con todo y cerrar etapa. Necesito esperar al impulso, al empujón o (qué horror) la reflexión profunda para tomar parte. Me encantaría poder hacer de mi descontento actual, que de eso sí tengo, big bang para empezar de cero. Pero mi pena no prende.

Y es que no hay pena casi nunca, jo. Con lo bien que se me da.

martes 7 de octubre de 2008

Color morado

El señor Condé Nast, artífice, entre otras publicaciones, de Vogue y Vanity Fair, decía tener la fórmula para diseñar sus redacciones. "Coja a 14 personas singulares, con un espíritu realmente especial; luego a otras siete normales para completar la lista; con el tiempo, éstos últimos se empaparán de las bondades de los primeros". Una maravilla. Miren sus revistas, solo eso.

En la mayoría de redacciones, claro, no ocurre. O sucede al revés, y los más planos y visibles y presentables se apoderan del resto. En lo puramente mental, como lastre de actitud, pero también en lo físico, abarcando espacio. Haciéndose fuertes. Y a esos pocos que marcan la diferencia se les obvia o, peor, no se les trata como merecen.




La declaración de intenciones y mi ánimo van para ti, compañera. Tu caso es doblemente injusto porque tu talento, qué cosas, va unido a trabajo de locos. A esas ojeras, a estar triste por regresar a tu mesa menos de ocho horas después. Prometo que cambiaría mi contrato por el tuyo si pudiera: yo no sé si llegaré a ser periodista algún día, quizá ni lo esté intentando, a mi solo me gusta contar cosas. Pero tú tienes de los dos.

Una canción mediocre como muchos de los que no sufren dice que nunca es bueno jugar si sólo queda el honor. No nos jugamos ya los puestos de trabajo; acaban de demostrar que lo que nos jugamos es acabar con una bala en nuestro respeto. Clavada justo en el centro.

domingo 5 de octubre de 2008

Calla ya

Canalla no. Canalla no sé ni lo que es; supongo que irse de putas y contarlo, que vaya mérito tiene eso. Canalla es Marisa Medina o Sabina creyéndose poeta. Yo no. Pero me lo dijeron el otro día, me llamaron así. Y la cosa es que no ha sido la primera vez.

Yo no trato mal a las mujeres (aunque he sido infiel a alguna que no lo merecía, vale), no soy de drogas, hace mucho que no me peleo con nadie ni tengo en la lista venganza alguna por cumplir, y ni siquiera desparramo de fiesta como antes. He hecho cosas peores que todo lo anterior, es verdad, pero ya no. Cumplo horarios, sonrío mucho y ya leo en el sofá los fines de semana.



Pero si tan interesados están en catalogar yo les ayudo, faltaría más. Mejor que canalla es golfo, mucho mejor. Pero golfo como la canción de Raphael que se titula así. "Vivo alegremente porque todo me da igual, y me rio de mi sombra y ando siempre indiferente, porque miro a las muchachas, porque juego con el mar, todo el mundo a mí me llama el golfo". Eso dice la canción. También canta que no consigue que le quiera nadie, pero eso no lo digo que hoy me encuentro bien. Hoy he tomado crêpes de postre.

Y si no otra opción. Julio Iglesias; hoy lo traigo fino en canción melódica, vaya. "Un hombre solo" es una cancionzaca que va justo de eso, de un tipo que parece que sí pero cuando amanece no, está solo como todos los demás. Que vivir feliz no es algo total, que vivir y vividor no van cogidos de la mano.

Siempre creí que es mejor estar satisfecho que ser feliz. Yo suelo estarlo: la satisfacción es lo normal, la felicidad el final de un camino. Yo estoy normal. Un golfo normal. Y no les moleste, señores, cada uno es como es. Pero un canalla no. Eso jamás.

domingo 28 de septiembre de 2008

Way to normal

Ocurrió así. La sorprendí intentando hacerme cosquillas detrás de la oreja y no hice nada. No para dejarme; sólo miraba hacia un punto indeterminado buscando una reflexión mínima, de segundos. Y algunos después me aparté. Es que no, paso. Me aburre que confesar el porqué de mis sonrisas ya no signifique nada unas cuantas veces después. Ha perdido encanto.

Y pensando un poco más me doy cuenta que casi nada significa ya nada. Sobre el papel, al menos. Sobre el papel escrito. Creo que he convertido escribir en un oficio, no en una necesidad vital, en una vía de escape. Escribir aquí ya dice mucho: no dejo nada por publicar, por mostrar. Hay letras en blogs, en periódicos y en trabajos de doctorado pero no tengo nada en los cajones. Ni una carta de amor entre hojas de un libro del instituto, ni una poesía perdida entre jerseys gruesos.

He pasado del romanticismo y la intención a la dejadez máxima. A la rabia, a veces. Ahora reflexiono todo, no hay resquicio para la visceralidad, para el error, para escribir sobre esa chica con cuello de Audrey Hepburn y ver qué pasa después. Todo es caza, nada más.

Las mujeres se han convertido en casualidades; los textos en ego y mercadeo. Y es como cuando te invitan a una fiesta horrible. Molesta.

martes 9 de septiembre de 2008

Babylon

Ni Checkpoint ni Branderburgo ni Tacheless ni nada. Ni siquiera la tienda de Filippa K o el Wood Wood. Lleva a un tipo como yo a ver el museo Helmut Newton y la Bauhaus y pregúntale después qué recuerdo le queda de Berlín. Ni las alemanas ganan.